cómo crear tensión narrativa

Imagina esta escena:

Clara entró en la cocina. Su madre estaba preparando café. Se sentó a la mesa y hablaron sobre la boda de su hermana. Después, Clara se sirvió una taza y miró por la ventana.

No está mal escrita. Tampoco hay nada especialmente ofensivo en ella. No insulta al diccionario, no maltrata la sintaxis y ningún adverbio terminado en -mente ha resultado herido durante su elaboración.

Pero falta algo bastante importante: una razón para seguir leyendo.

Ahora imagina que Clara ha decidido contarle a su madre que no asistirá a la boda. Sabe que la noticia va a destrozarla. Antes de que consiga hablar, su madre saca del armario la taza que perteneció a la abuela y le dice que quiere regalársela a la novia durante la ceremonia.

Los personajes continúan en una cocina. No aparece ningún asesino. No explota la cafetera. Nadie tiene que desactivar una bomba oculta bajo la mesa antes de que termine la cuenta atrás. Sin embargo, algo ha cambiado: ahora estamos esperando que ocurra una confrontación y tememos sus consecuencias.

Eso es tensión narrativa.

La tensión no depende de que estén sucediendo muchas cosas, sino de que el lector perciba que algo importante podría suceder. Nace de la distancia entre lo que un personaje desea y lo que puede conseguir; entre lo que sabe el lector y lo que ignora el personaje; entre la pregunta que plantea una escena y el momento en que recibiremos la respuesta.

Por eso puedes escribir una batalla completamente plana y, en cambio, conseguir que una cena familiar resulte insoportable en el mejor sentido posible.

Veamos cómo hacerlo.

Qué es la tensión narrativa

La tensión narrativa es el estado de expectación que mantiene al lector pendiente de lo que ocurrirá a continuación. Aparece cuando existe una situación incierta cuyo desenlace tiene importancia para los personajes.

Para que haya tensión suelen intervenir tres elementos:

  1. Una expectativa: el lector anticipa que algo va a suceder.
  2. Una incertidumbre: no sabe cuándo sucederá, cómo sucederá o cuál será el resultado.
  3. Algo en juego: el desenlace puede causar una pérdida, impedir un deseo o cambiar la situación del personaje.

Si eliminamos cualquiera de esos elementos, la tensión se debilita.

Si no esperamos nada, no tenemos motivos para permanecer atentos. Si conocemos con absoluta certeza el resultado, desaparece buena parte de la inquietud. Y si el desenlace no afecta a nadie ni cambia nada, la respuesta nos dará exactamente igual.

Volvamos a Clara. Sabemos que quiere anunciar que no irá a la boda, pero no sabemos si se atreverá, cómo reaccionará su madre ni qué consecuencias tendrá la confesión. Además, comprendemos que la relación entre ambas puede resultar dañada. Hay expectativa, incertidumbre y riesgo.

No necesitamos nada más para empezar a tensar la escena.

Tensión, conflicto y acción no son lo mismo

Estos tres conceptos están relacionados, pero no son intercambiables.

La acción es aquello que sucede: un personaje corre, rompe una ventana, abre una carta o se sirve café.

El conflicto aparece cuando una fuerza se opone al objetivo de un personaje. Puede ser otra persona, una norma social, una dificultad física, un miedo o incluso dos deseos incompatibles.

La tensión es la expectación que produce ese conflicto cuando el lector se pregunta cómo terminará.

Puedes llenar una escena de acción y no generar tensión alguna:

Marcos corrió por el bosque, saltó un tronco, cruzó el río y escaló una pendiente.

¿Por qué corre? ¿Qué intenta alcanzar? ¿Qué ocurrirá si fracasa? Mientras no lo sepamos, estamos contemplando una sesión de cardio narrada con entusiasmo, pero no necesariamente una escena emocionante.

En cambio:

El autobús que llevaba a su hija fuera del país desapareció tras los árboles. Marcos consultó el reloj y echó a correr. Le quedaban siete minutos para alcanzar el único puente antes de que lo cerraran.

La actividad física es parecida, pero ahora posee una finalidad, un límite y una consecuencia. Ya no vemos simplemente a un hombre corriendo: esperamos que llegue a tiempo y tememos que no lo consiga.

La primera pregunta que debes hacerte, por tanto, no es «¿cómo añado más acción?», sino «¿qué está intentando conseguir mi personaje y qué podría impedirlo?».

1. Dale al personaje un objetivo inmediato

Una escena se vuelve más interesante cuando el personaje entra en ella con una intención. No tiene que tratarse de su gran objetivo vital. Basta con que quiera conseguir algo concreto en ese momento:

  • ocultar una mentira
  • obtener información
  • evitar una despedida
  • convencer a alguien
  • marcharse sin levantar sospechas
  • recuperar un objeto
  • escuchar una disculpa
  • impedir que otra persona abra un cajón

El objetivo proporciona dirección a la escena. Permite que el lector valore cada gesto y cada frase en función de si el personaje se acerca o se aleja de lo que desea.

Compara:

Julia fue a visitar a su vecino. Hablaron un rato sobre las obras del edificio.

Con esto:

Julia fue a visitar a su vecino para recuperar la llave que le había prestado antes de que él descubriera que ya no abría la puerta de su piso.

La conversación sobre las obras puede seguir existiendo, pero ahora deja de ser una charla inocente. Mientras el vecino comenta el ruido de las tuberías, Julia observa la llave sobre la cómoda, calcula la distancia y busca una excusa para acercarse.

El objetivo transforma el significado de todos los elementos de la escena.

El objetivo no siempre tiene que expresarse

No es necesario que el personaje piense: «Mi objetivo en esta escena consiste en recuperar la llave». De hecho, será mejor que no lo haga, a menos que quieras que parezca que también ha leído este artículo.

Puedes mostrar su intención mediante su atención, sus decisiones y sus reacciones:

La llave seguía sobre la cómoda, junto al cuenco de las monedas.

—Las tuberías empezaron a sonar anoche —dijo el vecino—. Como si alguien golpeara desde dentro.

Julia no apartó los ojos de la cómoda.

—¿Quieres un café?

El lector comprende que la llave importa porque el personaje la vigila. Todavía no conoce todos los motivos, pero ya ha recibido una pregunta: ¿por qué necesita recuperarla?

2. Coloca un obstáculo entre el personaje y su objetivo

Un deseo satisfecho de inmediato genera poca tensión.

Julia pidió la llave. El vecino se la entregó. Julia volvió a casa.

Eficaz, desde luego. También podría servir como acta notarial de una entrega de llaves, aunque quizá no sea eso lo que buscas en una novela.

El obstáculo obliga al personaje a actuar, adaptarse o tomar decisiones. Y no hace falta que sea enorme. En una escena tranquila, los impedimentos más interesantes suelen ser sociales, emocionales o informativos:

  • el personaje no puede decir abiertamente lo que quiere
  • pedirlo despertaría sospechas
  • la otra persona también desea algo
  • una mentira anterior limita sus opciones
  • existe una norma de cortesía que no puede romper sin pagar un precio
  • teme la respuesta
  • desconoce una información necesaria
  • debe elegir entre alcanzar el objetivo o proteger algo que valora

En el caso de Julia, el vecino podría guardar la llave en el bolsillo. También podría enseñársela y preguntar por qué está doblada. O decir que piensa llevarla al cerrajero esa misma tarde.

Cada obstáculo estrecha el margen de maniobra y obliga a Julia a arriesgar más.

3. Haz que haya algo en juego

El lector necesita comprender por qué importa el resultado.

No todos los riesgos tienen que ser físicos. Un personaje puede temer:

  • perder una relación
  • revelar un secreto
  • quedar en ridículo
  • decepcionar a alguien
  • confirmar una sospecha dolorosa
  • renunciar a una oportunidad
  • traicionar sus propios principios
  • descubrir que aquello que desea no era como imaginaba

La magnitud del riesgo debe guardar relación con la escena. Si Clara no consigue contarle a su madre que faltará a la boda durante el desayuno, quizá no se acabe el mundo. Pero puede verse obligada a mantener la mentira, aceptar una responsabilidad que no desea o provocar que la noticia llegue por otra persona. La escena resulta tensa porque el fracaso empeora su situación.

Una técnica útil consiste en completar esta frase:

Si el personaje no consigue __________, entonces __________.

Por ejemplo:

Si Julia no recupera la llave antes de que el vecino visite al cerrajero, él descubrirá que alguien cambió la cerradura durante la noche.

Ahora sabemos qué desea, cuál es el límite y qué ocurrirá si fracasa.

4. Abre una pregunta y retrasa la respuesta

La tensión se alimenta de preguntas. No me refiero únicamente a grandes misterios como «¿quién es el asesino?» o «¿qué criatura vive bajo la ciudad?». Cada escena puede despertar interrogantes más pequeños:

  • ¿confesará la verdad?
  • ¿descubrirán su mentira?
  • ¿abrirá la carta?
  • ¿aceptará la propuesta?
  • ¿se dará cuenta de que lo están manipulando?
  • ¿qué hay dentro de la caja?
  • ¿por qué ha cambiado de tema?

Una pregunta narrativa funciona como una promesa: si el lector continúa, obtendrá una respuesta. Sin embargo, esa respuesta no debe llegar de inmediato.

El retraso puede producirse mediante obstáculos, interrupciones, vacilaciones o información parcial. La clave está en que la demora no parezca un truco arbitrario del autor.

Si Clara va a confesar algo y justo cuando abre la boca suenan el teléfono, el timbre, una alarma y las trompetas del Apocalipsis, el lector terminará sospechando que el universo entero trabaja como becario en tu departamento de suspense.

La interrupción más eficaz nace de la propia situación:

—Mamá, yo quería hablarte de la boda.

Su madre dejó la taza de la abuela frente a ella.

—Lo sé. Tu hermana me ha contado lo del discurso. Me alegra tanto que seas tú quien vaya a darlo.

La respuesta se retrasa porque la nueva información aumenta la dificultad emocional de la confesión. No se trata de un obstáculo caído del techo, sino de una complicación relacionada con aquello que está en juego.

5. Permite que el lector sepa algo que el personaje ignora

Cuando el lector posee una información relevante que el personaje desconoce, incluso una acción cotidiana puede volverse inquietante.

Imagina que hemos visto a alguien verter una sustancia en una botella de vino. En la escena siguiente, una familia se sienta a cenar y el padre empieza a descorcharla.

Servir vino no es una acción especialmente trepidante. Sin embargo, el conocimiento del lector modifica cada pequeño gesto:

El corcho se resistió. Andrés apoyó la botella entre las rodillas y tiró con ambas manos.

El lector no está esperando que consiga abrirla. Está esperando que no lo haga.

Esta técnica, conocida como ironía dramática, permite crear tensión sin acelerar el ritmo. Al contrario: puedes demorarte en detalles insignificantes porque han adquirido un significado amenazador.

También funciona a la inversa. El personaje puede saber algo que oculta al lector. En ese caso, la tensión procede de observar un comportamiento extraño e intentar comprenderlo:

Laura retiró uno de los tres platos de la mesa antes de que llegaran los invitados. Dudó un momento y guardó también la silla en el trastero.

No sabemos por qué lo hace, pero entendemos que la decisión tiene importancia. La narración dirige nuestra atención y abre una pregunta.

Eso sí: ocultar información no consiste en engañar al lector de manera artificial. Si estás dentro de la mente de Laura y ella sabe perfectamente por qué retira el plato, no conviene escribir «pensó en aquello que había ocurrido» durante ciento cincuenta páginas. Puedes reservar parte de la información, pero las emociones, asociaciones y decisiones del personaje deben resultar honestas.

6. Utiliza el subtexto

El subtexto es lo que los personajes quieren decir, esconden o negocian bajo las palabras que pronuncian.

Cuando dos personajes expresan directamente todo lo que piensan, la conversación puede quedarse sin espacio para la tensión:

—Estoy enfadada porque llegaste tarde y creo que estabas con Elisa.

—Sí, estaba con Elisa porque quería pedirle que volviera conmigo.

La claridad es admirable. La escena, en cambio, acaba de desplomarse en el sofá y ha pedido que no la molestemos.

Veamos otra posibilidad:

—Se te ha enfriado la cena —dijo Marta.

Diego dejó las llaves en el recibidor.

—Podías haber empezado sin mí.

—Eso hice la última vez.

Él miró el plato intacto y después el segundo vaso, todavía limpio.

—Elisa ha vuelto a la ciudad —añadió Marta.

La conversación habla de la cena, pero en realidad negocia la confianza entre ambos. Cada frase intenta obtener información, defender una posición o provocar una reacción.

Para crear subtexto, pregúntate:

  • ¿Qué quiere obtener cada personaje de la conversación?
  • ¿Qué no se atreve a decir?
  • ¿Qué necesita ocultar?
  • ¿Qué interpretación hace de las palabras del otro?
  • ¿Qué cambiaría si hablara con absoluta sinceridad?

Los silencios, las evasivas y los cambios de tema solo generan tensión cuando el lector intuye aquello que están evitando. Un silencio sin contexto es una pausa; un silencio alrededor de una herida es una decisión.

7. Convierte el escenario y los objetos en fuentes de presión

El escenario no debería limitarse a decorar la conversación. Puede dificultar el objetivo, restringir el comportamiento o recordar lo que está en juego.

La confesión de Clara no tendría la misma tensión en un parque vacío que durante el desayuno familiar, con su hermana entrando y saliendo de la cocina y las invitaciones de boda apiladas sobre la encimera.

Piensa en cómo el lugar condiciona a los personajes:

  • Hay otras personas que podrían escuchar.
  • No pueden marcharse sin llamar la atención.
  • Un objeto revela algo que debería permanecer oculto.
  • El espacio los obliga a permanecer demasiado cerca.
  • Una celebración exige que finjan alegría.
  • El entorno contiene recuerdos compartidos.

Los objetos también pueden actuar como pequeñas cargas de tensión. La taza de la abuela no es solo una taza bonita. Representa la ilusión de la madre, la historia familiar y el peso emocional de la boda. Cuanto más cariño demuestre la madre hacia ese objeto, más difícil será para Clara pronunciar su confesión.

No necesitas explicar todo su simbolismo. Basta con mostrar cómo lo manipulan:

Su madre envolvió la taza en papel de seda, alisando cada pliegue con el pulgar.

—Tu hermana siempre decía que quería usarla el día de su boda.

Clara cerró la boca.

El objeto presiona al personaje y modifica su conducta. Por eso forma parte del conflicto, no del atrezo.

8. Reduce las opciones del personaje

La tensión aumenta cuando cada decisión limita las siguientes.

Al principio de una escena, el personaje puede disponer de varias salidas: confesar, mentir, marcharse o aplazar la conversación. Después, las circunstancias deberían ir cerrando algunas de ellas.

Clara podría intentar posponer la noticia, pero su madre le pide que confirme en ese momento el menú de la boda. Podría mentir, aunque hacerlo implicaría aceptar públicamente que dará un discurso. Podría marcharse, pero su hermana acaba de llegar y bloquea la puerta con una caja de adornos.

No es necesario atrapar físicamente al personaje. Basta con hacer que cada alternativa tenga un coste.

Cuando todas las opciones son incómodas, el lector deja de preguntarse cuál es la correcta y empieza a preguntarse cuál será capaz de soportar el personaje.

Ahí aparece una tensión especialmente útil para construir personalidad. Las decisiones bajo presión muestran qué valora alguien, qué teme y qué está dispuesto a sacrificar.

9. Haz que la situación cambie

Una escena tensa no puede permanecer emocionalmente inmóvil. Aunque nadie salga de la habitación, al final debe haberse producido algún cambio:

  • aparece una información nueva
  • se rompe o se fortalece una relación
  • el personaje toma una decisión
  • aumenta el peligro
  • una sospecha se confirma
  • surge una deuda, una promesa o una amenaza
  • el objetivo cambia
  • el personaje consigue lo que quería, pero paga un precio

Si Clara entra en la cocina temiendo confesar que no irá a la boda y sale sin haberlo dicho, la escena todavía puede ser útil. Pero su silencio debe tener consecuencias. Quizá termina prometiendo que dará el discurso. Ahora la futura confesión será más dolorosa y la situación habrá empeorado.

El fracaso no equivale al estancamiento. Un personaje puede no alcanzar su objetivo y, aun así, empujar la historia hacia delante al complicar el problema.

Hazte estas dos preguntas durante la revisión:

  1. ¿Qué puede hacer o creer el personaje al principio de la escena?
  2. ¿Qué puede hacer o creer al final?

Si la respuesta es exactamente la misma, quizá la escena solo esté ocupando espacio mientras espera que llegue la siguiente.

10. Controla la velocidad de la escena

Una vez creada la tensión, puedes regularla mediante el ritmo.

Cuando quieras aumentar la sensación de urgencia:

  • acorta las frases
  • reduce las explicaciones
  • acerca las acciones y sus reacciones
  • introduce un límite temporal
  • obliga al personaje a decidir antes de estar preparado

Cuando quieras prolongar la incomodidad:

  • detente en gestos que puedan tener varios significados
  • muestra aquello que el personaje vigila
  • utiliza pausas y respuestas indirectas
  • permite que una tarea cotidiana retrase el momento temido
  • acerca al personaje al objetivo y vuelve a alejarlo

La lentitud no elimina la tensión si cada detalle está cargado de expectativa. El problema aparece cuando la narración se demora en información que no modifica lo que espera, teme o interpreta el lector.

Comparemos:

La madre abrió el armario. Era un mueble de madera oscura comprado hacía nueve años en una tienda del centro. Tenía cuatro estantes y tiradores redondos.

Con esto:

La madre abrió el armario donde guardaba la vajilla de las ocasiones importantes. Clara dejó la cucharilla sobre el plato. Solo había una cosa allí que pudiera sacar para hablar de la boda.

Ambos fragmentos describen el armario, pero el segundo conecta el espacio con la expectativa de Clara. El detalle no interrumpe la tensión: la intensifica.

Un ejemplo completo: de escena cotidiana a escena tensa

Partimos de esta versión:

Clara entró en la cocina. Su madre estaba preparando café. Se sentó a la mesa y hablaron sobre la boda de su hermana. Después, Clara se sirvió una taza y miró por la ventana.

Ahora añadiremos los elementos que hemos visto:

  • Objetivo: Clara quiere decir que no irá a la boda.
  • Obstáculo: su madre está ilusionada y da por hecho que Clara pronunciará un discurso.
  • Riesgo: la confesión puede herir a su madre y revelar un conflicto con su hermana.
  • Pregunta: ¿se atreverá a decirlo?
  • Límite: la hermana está a punto de llegar.
  • Objeto significativo: la taza de la abuela.
  • Cambio: Clara no confiesa y termina aceptando una responsabilidad que empeora su situación.

La escena podría quedar así:

Clara encontró a su madre junto a la cafetera, envolviendo algo en papel de seda.

—Has venido pronto.

—Necesitaba hablar contigo antes de que llegue Eva.

Su madre sonrió sin mirarla.

—Entonces tenemos diez minutos.

Clara se sentó. Había ensayado la frase durante todo el camino: No voy a ir a la boda. Pocas  palabras. Podía decirlas antes de que el café terminara de caer.

—Es sobre el sábado —empezó.

—Mira lo que he encontrado.

Su madre apartó el papel de seda. La taza de la abuela apareció entre sus manos, con la grieta dorada recorriendo el borde.

—Pensaba dársela a Eva después de la ceremonia. Pero quizá podrías entregársela tú al terminar el discurso.

Clara observó la grieta. De niña le habían prohibido beber en aquella taza por miedo a que terminara de romperse.

—¿Qué discurso?

La sonrisa de su madre vaciló.

—El tuyo. Eva me dijo que ya te lo había pedido.

En la calle se cerró la puerta de un coche.

Clara se levantó para mirar por la ventana. Eva sacaba una caja del maletero.

—Clara —dijo su madre—, ¿qué ibas a contarme?

La taza seguía entre sus manos.

—Que necesitaré las fotos de cuando éramos pequeñas —respondió—. Para el discurso.

No hay acción espectacular. Dos personas hablan en una cocina. Sin embargo, la escena posee dirección porque Clara quiere algo, encuentra resistencia y toma una decisión que tendrá consecuencias.

Además, el final no resuelve el problema: lo agrava. La pregunta inicial —si confesará que no piensa asistir— sigue abierta, pero ahora se añade otra: ¿por qué existe ese conflicto con su hermana y qué sucederá cuando descubran la mentira?

Eso empuja al lector hacia la siguiente escena.

Errores frecuentes al intentar crear tensión narrativa

Introducir peligros que no tienen consecuencias

Si amenazas constantemente a los personajes, pero nada llega a afectarlos, el lector aprende a no preocuparse. La tensión necesita consecuencias creíbles, aunque no siempre se cumpla la peor posibilidad.

Ocultar información que el punto de vista debería conocer

El misterio no nace de sustituir los pensamientos concretos por expresiones como «aquello», «lo que pasó» o «su terrible secreto». Si el personaje lo sabe y estamos dentro de su mente, la ocultación debe manejarse con cuidado para no convertir la intriga en trampa.

Confundir ruido con intensidad

Discusiones, gritos, golpes y amenazas no garantizan tensión. Si no sabemos qué quiere cada personaje ni qué puede perder, solo estamos asistiendo a mucho movimiento emocional sin dirección.

Retrasar la respuesta sin añadir nada nuevo

Demorar una revelación funciona cuando cada aplazamiento aumenta el riesgo, cambia la interpretación o complica el objetivo. Si únicamente encadenas interrupciones, el lector notará la mano de quien escribe sujetando la puerta para que la trama no avance.

Mantener la escena en el mismo punto

Una conversación puede ser sutil, pero no inerte. Al final debe haber cambiado la información, la relación, el objetivo o el margen de acción de los personajes.

Lista de comprobación para revisar la tensión de una escena

Antes de dar la escena por terminada, comprueba:

  • ¿Qué desea conseguir el personaje en este momento?
  • ¿Comprende el lector por qué le importa?
  • ¿Qué se opone a su objetivo?
  • ¿Qué puede perder si fracasa?
  • ¿Qué pregunta mantiene abierta la escena?
  • ¿Qué información conoce el lector y cuál conoce el personaje?
  • ¿Hay algo que los personajes no puedan decir directamente?
  • ¿El escenario o algún objeto aumentan la presión?
  • ¿Las opciones se reducen a medida que avanza la escena?
  • ¿La situación cambia antes de terminar?
  • ¿El final responde una pregunta, abre otra o complica la existente?

No hace falta que todas las escenas utilicen todas estas herramientas. Pero si no puedes responder a casi ninguna pregunta, quizá no tengas una escena: quizá tengas personajes esperando educadamente a que vuelva la trama.

La tensión nace de lo que podría ocurrir

No necesitas que en todas tus escenas alguien corra, grite, descubra un cadáver o salve el mundo antes de la hora de comer.

Necesitas que el lector espere algo.

Que comprenda qué desea el personaje. Que intuya qué puede salir mal. Que vea cómo las posibilidades se reducen mientras una pregunta continúa abierta. Que cada gesto cotidiano pueda acercar la confesión, descubrir la mentira o provocar una decisión.

Una taza sobre la mesa no genera tensión por sí sola. Pero puede hacerlo si alguien teme que se rompa, si contiene una prueba, si perteneció a una persona ausente o si el personaje debe aceptar un compromiso para evitar que otra persona la suelte.

La próxima vez que una escena te parezca apagada, no preguntes únicamente qué podría suceder en ella. Pregúntate:

¿Qué está a punto de suceder y por qué deseo —o temo— que suceda?

Ahí suele comenzar la tensión.


Ahora te toca a ti

¿Cuál es la escena más tensa que has escrito sin recurrir a una pelea, una persecución o un gran giro?

¿Has utilizado alguna de estas técnicas o tienes otra que te funcione especialmente bien?

Me encantará leerte en los comentarios. Siempre descubro ideas interesantes entre las experiencias de quienes pasáis por aquí.


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